... A tirar de la soga de la campana

JUAN BAUTISTA CARPIO DUEÑAS
(Director del Museo PRASA Torrecampo)

Mi último artículo lo dediqué a una de las leyendas más conocidas de nuestra comarca: la de la supuesta pérdida por parte de Pedroche de sus antiguos derechos sobre la Virgen de Luna. De ser cierto, comentaba la semana pasada que este hecho habría ocurrido alrededor de la primera mitad del siglo XVI. Y habría estado directamente relacionado con la importancia que para estas poblaciones tenía el lugar en el que está enclavado el santuario, en plena Dehesa de la Jara. Y se habría producido, no por casualidad, en un momento histórico en el que tanto Pozoblanco como Villanueva de Córdoba pretendían reafirmar su personalidad ante la antigua villa matriz, Pedroche.

La ermita de la Virgen de Luna estaba situada en una extensa dehesa que, formando parte del término común de los vecinos de Córdoba y su tierra, era administrada de hecho desde el concejo de la villa de Pedroche. Sabemos que el edificio se encontraba ruinoso a fines del siglo XVI, lo que nos indica que existía seguramente antes de que Villanueva recibiera su privilegio de villazgo (independencia respecto al concejo de Pedroche, del que había sido aldea) en 1553. Y aunque no contamos con datos suficientes, todo parece indicar que existiría antes de la independencia de la aldea de Pozoblanco (en torno a 1478) y posiblemente sería ya un lugar de culto a comienzos del siglo XV, fecha que tradicionalmente se admite como la de su origen.

En un principio, por lo tanto, el santuario de la Jara había sido considerado comúnmente como perteneciente a los vecinos de Pedroche, entre los que se cuenta no sólo a los de la villa en sí, sino también a los de las aldeas que han ido naciendo en su ámbito de influencia. Sería una ermita rural secundaria para una población que contaba con Nuestra Señora de Piedrasantas como lugar principal de culto mariano.

Un niño se dispone a tirar de la soga de la campana de la ermita. /ROSA GARCÍA APERADOR

En este contexto, los habitantes de Pozoblanco y Encinaenana (Villanueva) habrían puesto sus miras en este lugar en el momento en el que comienzan a luchar por la independencia de sus aldeas y la consecución de un concejo propio y diferenciado del de Pedroche. En primer lugar porque ello reforzaría la formación de un espíritu local propio y diferenciado, necesario para dotarse de un elemento identitario que los diferenciaría claramente de Pedroche. Porque no debemos olvidar que la creación de signos de identidad colectiva ayudaría en el proyecto político de consolidación de los concejos de las aldeas y en la consecución de la ansiada independencia. En segundo lugar, los supuestos derechos sobre el lugar en el que se asienta la ermita otorgarían a las dos pequeñas poblaciones un importante símbolo de control territorial. El santuario se convertiría, como de hecho lo hizo, en un hito fundamental tanto para Pozoblanco como para Villanueva, en pleno centro del área de la dehesa de la Jara en la que ambas poblaciones tenían sus mayores intereses económicos.

La reafirmación de la identidad local y de su capacidad de control del territorio son dos objetivos fundamentales perseguidos por Pozoblanco y Villanueva en este momento. Y al servicio de estos objetivos, independientemente de la mayor o menor importancia del hecho histórico, se creó en las dos poblaciones una leyenda que respondía claramente a sus intereses.

No sabemos si fue un día de gran tormenta, pero indudablemente el concejo de Pedroche (del que dependen también los habitantes de sus aldeas) habría tenido unos derechos iniciales sobre el lugar y sobre el culto que ya no existen a fines del siglo XVI. En torno a las décadas centrales de este siglo se habrían organizado algunos aspectos fundamentales, como los relativos al funcionamiento de unas cofradías militarizadas que parecen guardar semejanzas con el sistema de organización interna de los famosos Tercios de Flandes. Un hecho que resulta coincidente con los datos e indicios mencionados hasta ahora, y nos lleva a pensar que Pozoblanco y Villanueva habrían puesto un interés especial en asumir como propio un hito espacial y un culto que, conviene recordarlo, para Pedroche resultaba totalmente secundario.

La leyenda no atiende a la reacción que pudo haber en Pedroche ante esta importante pérdida. Pero debemos tener en cuenta que la formulación de esta leyenda es claramente interesada, y responde al intento de reafirmación local buscado por tarugos y jarotes. De ahí que nos presente a los pedrocheños como los grandes perdedores cuando para ellos seguramente este hecho no había tenido tanta importancia como la pérdida del control efectivo sobre los concejos de las antiguas aldeas.

La gran tormenta parece ser un recurso narrativo, puramente literario. Pero lo que está claro es que en un momento no muy alejado de mediados del siglo XVI la Virgen de Luna pasaría a ser compartida por Pozoblanco y Villanueva, poblaciones responsables de la organización de los ritos que hoy son tradicionales. Muy posiblemente ante la mirada desinteresada de los pedrocheños.

De aquí en adelante la ermita de la Virgen de Luna, ya compartida por Pozoblanco y Villanueva, seguirá siendo un símbolo de identidad y de control del territorio. Pronto comenzarán a surgir las disputas entre los dos pueblos en torno al santuario y a la propiedad de la imagen. Unas diferencias muy relacionadas con unos intereses distintos sobre el modo de reparto de los lotes de la dehesa. Aunque esto ya es otra historia.

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