Por un tesoro

JUAN BAUTISTA CARPIO DUEÑAS
(Director del Museo PRASA Torrecampo)

El artesano marchaba a buen ritmo hacia el sur. Las ciudades del Valle del Betis serían el mercado perfecto para sus objetos de plata. La travesía había sido larga y en las poblaciones por las que habían pasado, la mayoría simples aldeas, a duras penas había logrado vender algún adorno, algún pequeño vaso. Pero ya estaban cerca de su destino. En un par de jornadas -con un poco de suerte- la pequeña comitiva llegaría a la antigua Corduba.

Desde que salió de su tierra, en la Meseta, no había parado de trabajar. Cualquier poblado era un buen lugar para intentar una venta y, mientras ofrecía a los jefezuelos locales la distinción social que otorgaban los objetos de plata, iba enrollando hilos, cortando láminas y formando nuevas fíbulas, collares o torqués. Con la esperanza, casi con la seguridad, de hacer una pequeña fortuna en el rico mercado cordobés.

Mantenía el oficio de sus mayores, plateros celtíberos. Con las técnicas aprendidas, el artesano diseñaba piezas destinadas al romanizado mercado del sur. Seguramente hablaba latín, y apreciaba recibir los pagos en monedas de plata. A pesar de quejarse de las ventas, ya quisiera cualquiera de los aldeanos con los que se había encontrado acumular las monedas que ya sonaban en su bolsa, más de un centenar de denarios de plata.

Piezas de tradición ibérica y celta del Siglo II a.C. /JUAN BAUTISTA CARPIO

Viajaba poniendo en el camino sus cinco sentidos. Los tiempos estaban revueltos, y justo atravesaban una zona de Sierra Morena donde decían que el lusitano Viriato había conseguido apoyos en su larga resistencia al poder romano. Por eso fue el primero en divisar a lo lejos la nube de polvo. Un buen contingente marchaba en dirección norte, a punto de atravesar el que siglos después se conocería como Puerto de la Chimorra. Poco importaba si eran romanos o lusitanos: los soldados apreciarían sin duda un botín tan atractivo como la plata de su zurrón. Después de tantas fatigas, cuando sólo las últimas sierras le separaban de Córdoba, no podía dejarse desvalijar con tanta facilidad.

La huida ya no era una opción. Si no les habían visto, sin duda lo harían si daban la vuelta, y entonces no tendrían escapatoria. No quedaba otra solución que el viejo recurso del disimulo. Con decisión, el grupo se apartó del camino lo suficiente como para ocultar, bajo tierra, el pequeño tesoro; pero no tanto como para levantar sospechas por su lenta marcha. Reincorporándose a su ruta, intentarían cruzarse con los soldados sin llamar demasiado la atención, para volver más tarde a por la mercancía que les podría reportar unos buenos beneficios en el mercado cordobés. Eso si había suerte. Pero no la hubo.

Aunque no podemos asegurar que todo sucediera tal y como acabo de relatar (¿lo ocultado no sería el fruto del robo de un taller de platería, y nuestro viajero un vulgar ratero?), no cabe duda de que la interpretación que dio Samuel de los Santos al Tesoro de los Almadenes, aparecido entre Pozoblanco, Alcaracejos y Añora en 1926, estaba muy bien sustentada. El lugar de aparición del conjunto, enterrado a no mucha distancia de una de las vías que comunicaban La Meseta con el Valle del Guadalquivir y lejos de núcleos de población, lo pone claramente en relación con alguien que recorría ese camino y tuvo que apresurarse para esconder sus bienes. Los objetos, sobre todo las fíbulas influidas por las culturas de Hallstat t y La Tène, indican que su autor era un celtíbero, de la Meseta, y es fácil deducir que se dirigía hacia el sur, hacia Córdoba.

Piezas del tesoro de los almadenes. /WEB MUSEO ARQUEOLÓGICO

Sabemos que el conjunto (ya fuera quien lo ocultó un platero, un ladrón…) pertenecía a un taller de platería porque, junto a piezas terminadas y listas para su comercialización, en él aparecen obras en curso y plata en forma de hilo o plancha para ser trabajada. Respecto a la fecha en que se produjo la ocultación, las 114 monedas de plata, ibéricas y romanas, presentes en el tesorillo nos permiten deducir que se produciría a fines del siglo II a.C. Una época conflictiva, en la que aún permanecía la inestabilidad ocasionada en la zona por las guerras lusitanas.

El conjunto arqueológico conocido como “Tesoro de los Almadenes” se encuentra en el Museo Arqueológico de Córdoba desde que, hace poco menos de un siglo, fuera hallado por unos niños que jugaban en el entorno de la Mina de los Almadenes. Una historia, la del hallazgo, que daría sin duda para otro curioso relato. Pero lo que me interesa destacar hoy es cómo unas piezas arqueológicas que, independientemente de su belleza, aparecen ante nuestros ojos como unos objetos fríos e inexpresivos detrás de una vitrina pueden ofrecernos, tras su estudio, sugerentes historias. Un reto importante para quienes nos dedicamos al análisis y a la divulgación de nuestro Patrimonio Histórico. Y el Tesoro de los Almadenes, con su historia y con los misterios que aún hoy encierra, es una buena muestra de la importancia del casi desconocido Patrimonio Arqueológico de Los Pedroches.


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