La leyenda de la imagen de Jesús Nazareno

ARTURO LUNA BRICEÑO

La leyenda de la Imagen de Jesús Nazareno de Pozoblanco es una de las más antiguas del pueblo. Fiel a mi sentido de recuperar la tradición oral en su máxima pureza ofrezco esta versión que Claudio Olmo Fernández publicó en el nº 69 de “La Voz del Hogar” editada por el Hogar del Pensionista de Pozoblanco;

“Vamos a resaltar un acontecimiento que a través de los años fueron muchas las veces que oímos de boca de nuestros mayores. Se trata de una valiosísima donación admirada y venerada, obsequio del Príncipe de Carpi, Alberto Pío, a Ginés de Sepúlveda por los trabajos prestados y favores hechos a la Casa de los Carpi. Relato oído hace muchos años, bajo el dominio de la historia y la leyenda que dice así: “Cuando al gran humanista de Pozoblanco le quedaban pocos días de estancia en Italia y preparaba su partida acompañando las campañas del Emperador, recibió muchos regalos de sus abundantes amigos.

Alberto Pío disponía de una gran exposición de obras de arte y casi todas hechas por grandes artistas del Renacimiento, llevándolo a su casa le dijo: “Escoged la obra que más os plazca”. Nuestro gran humanista se inclinó por un Jesús Nazareno de incomparable talla que el Príncipe le dijo que era imposible darle lo que había decidido, y a que se trataba de un recuerdo familiar que guardaba con esmero. Sepúlveda bajó la cabeza y se mantuvo en silencio. Comprendiendo el Príncipe de Carpi que a su amigo no le interesaba otra cosa, éste exclamó: “Yo pago todos los gastos necesarios si este gran imaginero desea esculpir otra obra igual a esta”. El pecado era mayor que la penitencia. El escultor se encontraba acusado de herejía esperando turno en el Tribunal del Santo Oficio.

Había que actuar de prisa, entre ellos y personas muy influyentes, para salvar la vida de este gran artista. Paulo III no daba su brazo a torcer. El artista comenzó el trabajo, que diariamente pagaba Alberto Pío, con esmero y satisfacción. Pero el día de antes de terminar el escultor clavó sus rodillas ante la perfección de su obra pidiéndole por su liberación.

La talla era una obra perfecta, su mirada, la expresión de su rostro que reflejaba el encanto de tan fina madera. Había conmocionado a todo aquel que contempló la obra. El artista permaneció junto a la imagen. Al instante se apoderó de él una pequeña tiniebla y respondió una voz, más que humana, diciendo lo siguiente: “Dónde, hijo, me miraste, que también me retrataste. Acaso fue por ventura en la Calle de la Amargura”.

El artista cayó al suelo totalmente desmayado. Ante tal acontecimiento lo reanimaron. Cómo por inspiración gloriosa el imaginero se dio prisa para terminar la obra. Cuando estuvo hecha oró ante ella y vio que sus fuerzas le flaqueaban y ante la realidad que obró el misticismo respondió en un corto éxtasis: “Gracias Señor, creo que no me merezco tanto después de haberte ofendido, pero si ésta es tu voluntad, esta noche estaré contigo en el paraíso”. Este gran imaginero, con estas palabras terminaba de inspirar.

Dios le había perdonado y no estaba conforme con que muriera ante la justicia de los hombres. Le evitaba el sufrimiento y el dolor terrorífico de la Inquisición. La milagrosa imagen de Jesús Nazareno llegó a Pozoblanco, pero según algunos, sin terminar. La galería de la oreja izquierda la dejó el maestro inacabada, como prueba de su comportamiento, quedando oculta entre la cruz y las sombras de su pelo”.

La imagen de Jesús Nazareno llegó a Pozoblanco en 1524 o 1525, junto a otras, para formar parte del santoral de la Iglesia de Santa Catalina que se inauguró en 1530.

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