Cristianos y capillitas

JESÚS ARÉVALO FRUTOS
Ldo. en Medicina y Cirugía

Nos asomamos al pórtico de una semana singular. Que no pasa indiferente ni siquiera a quien se autoerige como icono del ateísmo. Especial para quien escribe estas líneas. Mientras unos miran al cielo de forma compulsiva rogando por ver su paso salir a las calles d e s u localidad; otros anhelan que el mismo cielo llore, provocando las lágrimas del feligrés. Qué triste ha de ser tu existencia si fundamentas tu felicidad en la desgracia ajena. Pobres diablos.

Si uno se detiene un poco, atisba sin esfuerzo dos diferentes especímenes en la forma de vivir esta semana dentro del culto cristiano. Cristianos y capillitas. Formas a menudo confluyentes y no excluyentes, tocantes en algunos puntos pero diametralmente opuestas. Como dijo Jack el Destripador, “vamos por partes”. Procedamos a d iseccionarlos.

Cristianos. Disiento de acotar el concepto de cristiano a aquel que profesa fe al cristianismo. Citando al actual Papa Francisco “Algunas de las mejores personas de la historia no creían en Dios, mientras que muchos de los peores actos se hicieron en su nombre”. Me acojo a la definición de buen cristiano que un día me dijo mi padre “Aquel que se va a la cama con la conciencia de no haber hecho daño a nadie de forma voluntaria”. Sucinta y escueta. Sin más. Cristiano dogmático, no eclesiástico. No comulgo con la Iglesia, pues creo que ha desdibujado el mensaje de Dios. El propio Jesucristo no tendría cabida en buena parte de dicha Iglesia, pues dudo que quien dijo, según el libro de los Hechos “Hay más felicidad en dar que en recibir” viera con buenos ojos poseer en propiedad el banco con mayor capital del mundo. Y claro, nos movemos en un mundo de “haz lo que diga, no lo que haga”, donde es sencillo alentar a llevar a cabo el acto de compartir, pero más complejo predicar con el ejemplo.

Capillitas. Cristianismo frugal y caduco limitado a una semana. Cristianismo etílico, con acto de penitencia levantando un vaso de tubo. Cristianismo exaltado, a menudo adornado con símbolos patrios en la muñeca o el costal. Cristianismo de escaparate, donde a menudo se hace afán hasta rallar lo grotesco por hacerse notar, porque todos vean cuan cristiano eres. Rasgan sus vestiduras si por inclemencias del tiempo su imagen predilecta no puede llevar acabo su desfile procesional; la misma imagen que durante el resto del año espera paciente en el templo su visita, en soledad, una visita la cual no se lleva a cabo. Cristianismo nómada limitado a fechas señaladas, ausente el resto del año, patente su ausencia cuando giran el rostro ante el prójimo que reclama su ayuda. Que me aspen, si estos son cristianos tergiversan la religión en una tragicomedia; equiparando su fe al esperpento de Valle- Inclán.

Sobra decir que la descripción de ambas figuras ha sido una hipérbole de la realidad para permitir una visión más diáfana de esta. Por supuesto que no todo es blanco o negro, la sociedad en su mayoría es un vasto crisol, una paleta con una amplia gama de grises. Nos componemos de claroscuros. Ni el bueno es tan santo ni el pecador tan lascivo. No vengo a dar clases de moralidad, menos aún en tiempos donde sólo nos quedan vestigios de esta. Pero sí me permitirán un consejo: traten de ser buenas personas, independientemente del credo que profesen. Pues como dijo Mahatma Gandhi “No hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra”.


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